Utopía quiroguiana. Por Salvador García Espinosa

El Derecho a la Ciudad

Vasco de Quiroga es, sin duda, uno de los personajes más influyentes de la historia del actual Michoacán; a grado tal que su nombre forma parte inherente de la identidad colectiva, como se puede observar en múltiples negocios, marcas comerciales, instituciones educativas, etcétera. Su vida y obra ha propiciado la realización de diversas investigaciones y, por ende, de publicaciones; la más reciente, y que tuve la oportunidad presentar la semana pasada, se intitula: Pátzcuaro, corazón de la utopía Quiroguiana; bajo la coordinación de Oriel Gómez Mendoza e Igor Cerda Farías, ambos profesores investigadores de esta Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y gracias al patrocinio del H. Ayuntamiento de Pátzcuaro 2018-2021.

 

En el libro señalado se presenta el análisis de diferentes facetas de Vasco de Quiroga; y es que, a diferencia de la producción de la primera mitad del siglo pasado, hoy en día, la información y conocimiento biográfico del Obispo permiten conocerlo como funcionario representante del Rey, hombre de leyes, juez y, de manera particular, como Obispo de Michoacán; lo que sin duda ha dado origen a múltiples historias sobre el mismo personaje, ciertas e incluso contradictorias.

 

Es, precisamente en la idea de ciudad, donde se pueden observar dos posturas totalmente contradictorias del pensamiento de Vasco de Quiroga, pero que, sobra decir, propias de cualquier ser humano que es producto de su tiempo y sus circunstancias. Me refiero a la materialización de la idea de la ciudad, que albergaría a la Capital de Michoacán, y en donde se confronta la postura de su muy difundida imagen del Tata Vasco, protector de indios, con la postura que asumirá el Quiroga como Obispo de Michoacán.

Un primer caso es el referente a las fundaciones, primero, del Pueblo Hospital de Santa Fe (donde actualmente hay un centro comercial y corporativo con el mismo nombre en la CDMX), y posteriormente, del Pueblo Hospital de Santa Fe, actual Santa Fe de la Laguna, en Michoacán. La primera aclaración es que su nombre refiere al concepto de hospitalidad y no al que actualmente tenemos de un ´centro de curación´, y la segunda es que, aún y cuando muchos autores atribuyen las fundaciones mencionadas a la influencia de la obra de Utopía de Tomas Moro. No se trataba de nada nuevo; la idea de congregar pueblos para que se adoctrinaran, y como medio para llevarlos a vivir en policía (en orden, no el sentido actual de fuerza armanda), no era una novedad para las autoridades españolas, pues había precedentes, en las Bulas de Alejandro VI, en el testamento de Isabel la Católica, en las Leyes de Burgos de 1512 y especialmente, en las ordenanzas de 1516, que el cardenal Jiménez de Cisneros había dado a los jerónimos que iban a gobernar La Española.

En este contexto, el mismo Quiroga apoyaba la idea de crear poblados de manera que los indios estuvieran congregados y no vivieran bajo la lógica urbana mesoamericana de la dispersión, pues esto facilitaría su conversión al cristianismo, transformaría sus costumbres, les proporcionaría los medios para que los jóvenes fueran educados por los frailes, se procuraba recuperar el rol de los ancianos como autoridades morales y se evitaría que los indios “recayeran” en la idolatría; en suma, la población viviría en la anhelada policía.

En 1516, cuando Tomas Moro escribe su obra Utopía, describe una ciudad que, de acuerdo con su planteamiento, inducía las virtudes sociales fundamentales para conseguir una sociedad feliz: la igualdad, la transparencia, el colectivismo, el trabajo organizado, la disciplina social, entre otras cosas más, justo cuando Inglaterra afrontaba los conflictos creados por la transición de una economía agraria a industrial. Así las cosas, el interés por los indígenas y la propuesta de Moro, permitieron, seguramente, construir la imagen de Vasco de Quiroga que prevale: como defensor, como el Tata.

Ahora bien, considerando que la ciudad constituye la materialización de la ideología de la sociedad, resulta muy significativo que, aun y cuando toma posesión del obispado en Tzintzuntzan, que era la capital y ostentaba el título de Ciudad de Michoacán, otorgado por el Emperador Carlos I, Vasco de Quiroga trasladaría la sede catedralicia a Pátzcuaro, que constituía un poblado que se encontraba a poco más de 12 kilómetros al sur de Tzintzuntzan; todo esto, bajo el argumento que no se violentaba la bula de erección del obispado, pues solo estaba moviendo la sede de la iglesia catedral a un barrio de la misma Ciudad de Michoacán.

En este proyecto se observa una faceta muy distinta, en el libro señalado se expone acertadamente una serie de argumentos que ilustran que, en opinión de Vasco de Quiroga, Tzintzuntzan no reunía las condiciones dignas de una capital, pues “tenía un aire destemplado, que el sitio era malo para la vida organizada y que no había condiciones dignas para el asiento de la iglesia catedral”. Más aun, en el libro se nos relata que Quiroga había sido toda su vida una persona al servicio de la monarquía, y por ello, manifiesta una clara intención de hacer manifiestos los símbolos del poder hispano sobre los indígenas.

Quiroga elige el sitio en el cual construirá la catedral del obispado (actual Basílica de Pátzcuaro), en el mismo sitio en el que se emplazaban los templos tarascos, donde estuvieron sepultados varios reyes y personajes centrales de la epopeya de la construcción del Estado tarasco y, por lo tanto, constituía el sitio de mayor carga simbólica del reino de Michoacán. Sin lugar a dudas, como un claro mensaje para fortalecer la presencia real sobre el pasado indígena tarasco.

Los autores nos señalan atinadamente que, para el Obispo no había posibilidad de que la ciudad capital estuviera adaptada a la ciudad indígena, como sucedería si se quedaba en Tzintzuntzan. Queda claro que, para Vasco de Quiroga eran los indios los que debían transformar sus estructuras urbanas y su arquitectura, para adaptarla a una traza que diera a la ciudad una forma más cercana al ideal hispano, y que inhibiera la reproducción del orden social antiguo: el indígena.

Para quienes tengan interés en leer el libro: encontrarán elementos sólidos para contextualizar al hombre, al abogado, al oidor, al Obispo, pero sobre todo al personaje de Vasco de Quiroga, quien, de acuerdo con los autores, “era partidario de acercar el cristianismo a los indios mediante prácticas pacíficas y respetuosas de los indios en sus derechos, sin embargo, era particularmente intolerante (como todos los religiosos y autoridades hispanas) a permitir que los indios continuaran con su forma de vida”.