«Tráfico de personas en México». Por Jaime Darío Oseguera Méndez

No sabía que existe el Índice Global de Delincuencia Organizada. Sin duda los indicadores permiten comparar fenómenos sociales y al hacerlo, el análisis se vuelve más creíble o por lo menos tiende a ser más acertado. Es imposible evaluar cuantitativamente lo que no se mide.
No se puede mejorar si no se evalúa. Esta semana apareció publicado en varios medios que México es el primer lugar en tráfico de personas en América.
Qué vergüenza cuando dicen que por lo menos en algo así somos el número uno mundial. Es gravísimo el hecho y penosa la revelación. Se vincula con el aumento en la violencia en diferentes partes de nuestro país y que, para combatirlas, primero debemos entenderlas, más aún si hay una indisposición del gobierno federal a actuar de manera violenta contra ese tipo de formas de delincuencia.
Uno puede estar a favor o en contra de la manera en que cada gobierno enfrenta el problema de la violencia, el crimen y sus sucedáneos, pero no podemos abstraernos a sus consecuencias; nos afectan y lastiman. Las decisiones que se han tomado, ya sea en la “Guerra contra el Narco” o los supuestos arreglos con los cárteles y la política de “abrazos y no balazos”, tendrán implicaciones persistentes en el país a lo largo del tiempo.
El problema no es debatir cuándo inició todo esto, sino que no ha parado la violencia.
Lo grave no es quién la permitió ni hace cuánto, sino que no se ve fin.
La delincuencia organizada, vista desde la perspectiva del tráfico de personas, es un fenómeno global, trasnacional. Son redes extensas que no trafican solamente con personas. En un descuido puede ser que el tráfico de humanos sea sólo un negocio menos lucrativo que otros como el de armas, drogas o contrabando diverso de mercancías en general, incluyendo el blanqueo de dinero.
En nuestro país lo lógico es pensar que inicia en la frontera sur y termina en algún destino de los límites con Estados Unidos. Lo que pasa es que en el camino puede tener muchas variantes: gente que llega por diversos destinos marítimos y no siempre de manera ilegal. Tránsito y tráfico de personas a lo largo del tiempo, en diferentes escalas y con estancias prolongadas.
El punto de fondo es que, para que todo este entramado exista debe haber complicidad de todos los diferentes niveles de la autoridad. No se puede entender un fenómeno tan extendido sin la anuencia, participación, complicidad, omisión, tolerancia de policías, aduanas, migración, municipios, el propio IMSS que en algunos casos les extiende cédulas de identidad o Relaciones Exteriores.
Si somos el principal país de tráfico de personas en el continente, es muy probable que lo seamos en el mundo y eso implica que el tamaño del negocio es inmenso. En las garitas se distribuye dinero, pero también en los medios de transporte y entre quienes les generan documentos falsos a los que transitan a lo largo del país.
Hay una delgada línea que seguramente se confunde entre la trata de mujeres y el tráfico de migrantes. Seguramente ambas son muy lucrativas. En algunas intervienen los permisos municipales para autorizar la presencia de redes de prostitución que son públicas y escandalosamente visibles en los municipios.
No se trata de puritanismo. La permisibilidad de cada pequeño delito, en cada esquina desconocida del lugar más alejado, provoca una acumulación de violencia que nos agobia.
Se puede suponer que hay varios niveles en este proceso del tráfico de personas; los que se cuelgan del tren o quienes son cooptados por redes criminales para el trasiego de mercancías lícitas o ilícitas, actuando diferente a quienes van en las caravanas o son traídos por polleros o inclusive quienes viajan por su cuenta y recursos. Hasta en eso seguramente hay niveles y, reconocerlos, es esencial para atacar el problema.
Lo que enfrentamos no es un asunto de desprestigio. La afrenta de que somos el principal país de América en el trato de personas tiene que ver con la amenaza en nuestra forma de vida y el futuro de la comunidad. ¿Es posible revertirlo? ¿O sólo tenemos que esperar a que nos lastime algún tipo de violencia?
Si nos asomamos al Índice de Criminalidad por País en este 2021, nos damos cuenta de que México se encuentra en el lugar 39 de 137 siendo el primero y más violento Venezuela. Llama la atención que once de los primeros veinte lugares en criminalidad son de América Latina y el Caribe, lo que refuerza la hipótesis de que las redes del crimen funcionan a sus anchas, probablemente interconectadas en la zona.
Una cosa es la histórica actitud de generosidad de México con los asilados y con los refugiados o perseguidos que nos dieron prestigio al recibir a los exiliados del Franquismo en España o a quienes huyeron de las dictaduras de América Latina en la segunda mitad del Siglo XX y otra muy diferente es esta oleada de criminalidad que genera el lucrativo negocio de la trata de personas.
Cuenta también que tenemos la frontera más transitada del mundo y los puntos fronterizos con más cruces de personas en el planeta. Lo que pasa a Estados Unidos en drogas o materiales ilícitos regresa en dinero a México, así que no habrá quien se sienta cómodo por el flujo de efectivo que se paga por la criminalidad y hasta lo justifiquen.
Lo cierto es que a lo largo del tiempo se ha generado una profunda erosión institucional que puede tener minadas prácticamente todas las instancias de autoridad formal e informal en el país. El resultado es corrosivo, perverso y profundamente difícil de revertir.
La conclusión es sencilla: no se pueden entender tales grados de violencia sin la corrupción de los diferentes niveles de autoridad y el consentimiento de muchos ámbitos de nuestra vida cotidiana.