Luis Echeverría Álvarez y el Tercer Mundo

«El Derecho a la Ciudad» de Salvador García Espinosa

El primer recuerdo que tengo del presidente Luis Echeverria Álvarez es una ceremonia en un 15 de septiembre que lo escuché decir: “vivan los países del tercer mundo”, no sé qué año sería, yo tendría unos 4 o 5 años de edad, pero sí recuerdo haber preguntado a mis papás cuál era ese “tercer mundo” al que se refería el presidente. La respuesta no debió haber sido muy convincente o clara, porque no la recuerdo. Ahora comprendo que gran parte de los mexicanos no sabían a qué se refería el presidente. Muchos años después que comprendí que aquel grito se enmarcaba el énfasis que puso Echeverria en la política exterior mexicana, al pretender, dada la excelente relación de México con Estados Unidos, encabezar a los llamados países subdesarrollados o del tercer mundo.

Daniel Cosío Villegas, uno de sus principales críticos, señala que Echeverria, pese a la crisis que vivía el país, buscaba su “consagración internacional”, y dicho interés lo llevó a viajar con numerosas comitivas a Chile, Japón, Gran Bretaña, Francia, Bélgica, la URSS, China, Alemania Oriental, Italia, el Vaticano, incluso intervino para pretender “arreglar” el conflicto entre árabes e israelíes. Buscó, sin éxito, que se le otorgara el Premio Nobel de la Paz, y con su Carta de los Deberes y Derechos Económicos de los Estados intentó encabezar a los países del Tercer Mundo.

Logró que la Ciudad de México fuera la sede del «Año Internacional de la Mujer», establecido por la ONU en 1975, y se declarara la Década para la Mujer 1976-1985 con el propósito de acelerar la integración de la mujer al desarrollo. Luis Echeverría Álvarez fue el primer presidente mexicano que habló antes la Asamblea de las Naciones Unidas (ONU), durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, celebrada en Santiago de Chile el 13 de abril de 1972, para proponer la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados, misma que sería aprobada por el Asamblea hasta el 12 de diciembre de 1974, mediante la resolución 3281.

El objetivo fundamental de la Carta era promover el establecimiento del nuevo orden económico internacional, basado en la equidad, la igualdad soberana, la interdependencia, el interés común y la cooperación entre todos los Estados, sin distinción de sistemas económicos y sociales. Pretendía crear condiciones favorables para incentivar una prosperidad más amplia en todos los países de los niveles de vida más elevados, para todos los pueblos a través de la promoción, por toda la comunidad internacional, del progreso económico y social de todos los países, especialmente de los países en desarrollo. Destaca el hecho de que la Carta (1972), como uno de los principios que el desarrollo económico garantizaría: “La protección, la conservación y el mejoramiento del medio ambiente”, toda vez que hasta 1987 la ONU publicaría el estudio denominado “Nuestro Futuro Común” mejor conocido como Informe Brundtland.

Es poco conocido, pero en 1974, auspiciados por el Gobierno de México, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD), convocaron a distinguidas personalidades, destacados especialistas en el campo del desarrollo y expertos en problemas ambientales, para participar en el simposio «Modelos de Utilización de Recursos, Medio Ambiente y Estrategias de Desarrollo», que tuvo lugar en Cocoyoc.

Las declaraciones son contundentes y ahora, casi 50 años después, conviene recordarlas, inicia con una crítica a la ONU al señalar categóricamente que: “Han pasado 30 años desde que, con la firma de la Carta de las Naciones Unidas, se iniciaron los esfuerzos tendientes a tratar de establecer un nuevo orden internacional, intento que en estos días se encuentra en un punto crucial. Las expectativas de lograr una vida mejor para toda la familia humana se han visto frustradas en gran medida al haberse comprobado la imposibilidad material de alcanzar los limites internos para satisfacer las necesidades humanas más fundamentales. En nuestros días, en efecto, en el mundo hay más hambrientos, más personas que carecen de techo y más analfabetos que cuando se creó́ la Organización de las Naciones Unidas. “

Como parte de las críticas a la economía de mercado se indica que “El mercado tradicional pone los recursos a disposición de quienes los pueden adquirir y no a la de quienes los necesitan; ello implica el estímulo de demandas artificiales, la generación de desperdicios en el proceso productivo y, lo que es más grave, la subutilización de los recursos mismos.”

En protesta por la globalización que tiende a borrar las diferencias regionales, la Declaración de Cocoyoc, alerta sobre “El efecto global de estas relaciones económicas distorsionadas puede observarse claramente en los contrastes del consumo. Es atroz la diferencia de lo que consume en promedio un niño norteamericano o europeo respecto a los niños de la India o de África. Por ello, resulta engañoso atribuir sólo al crecimiento demográfico del Tercer Mundo la prisión sobre los recursos mundiales.”

Aunque parezca ir en contra de las tendencias mundiales, se consigna una vez más que “El planeta es finito, por eso es imposible mantener indefinidamente la multiplicación tanto de la población como de las demandas, aparte de que la escasez de algunos recursos pudiera producirse en ciertos lugares antes de que se presente cualquier perspectiva de su agotamiento general. Por tanto, se debe establecer cuanto antes la política más adecuada para la conservación de los recursos, dentro del marco de un nuevo orden económico y comprendiendo cabalmente que esos recursos son en definitiva escasos, en vez de seguirse insistiendo en la desaprensiva rapacidad anual”.

Llama de sobre manera la atención que será aquí en México, donde, en el marco de las soberanías nacionales referente a los recursos naturales, los gobiernos y las instituciones internacionales, el grupo de expertos reunidos, considera que,  deberían ocuparse del mejor aprovechamiento de todos ellos, así como de la protección del ambiente a escala global y señalan que el primer objetivo que debe perseguirse es proporcionar el beneficio de estos recursos a los más necesitados y hacerlo de acuerdo con el principio de solidaridad hacia las generaciones futuras. Principio que años más tarde se retomaría en el estudio de Nuestro futuro común y pieza clave de lo que se definirá como desarrollo sostenible en términos de “aquel que garantiza las necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.”

Hoy debemos reconocer que México sembró las bases de lo que actualmente constituye el mayor reto de la humanidad, la búsqueda de la sustentabilidad.