El deporte extremo de ser mexicana

«La Grilla en Rosa» de Fabio -en versión cortita para grillar de volada-

Las mexicanas y sus vidas corren peligro. Y están más expuestas que nunca en el sexenio del primer machista de lo que queda de la Nación, que ni las ve ni las oye, pero es bueno para insultarlas cuando protestan cuando se manifiestan contra su manifiesta misoginia.

Los casos de muertes de mujeres, de las maneras más brutales y por los pretextos más bobos de parte de los perpetradores, se suceden uno tras otro en el país donde todo está bien chido de acuerdo a los choros oficiales. Las mujeres ya están muuuuy encabronadas con el mesías porque invariablemente, desacredita las manifestaciones de enojo que causan las constantes muestras de violencia de todos tipos que sufren a lo largo del país. Por eso ya engrosan las filas de las «conjervadoras» que «jon enemigas» del desgobierno que padecemos.

Y como si lo anterior no fuese suficiente, ni siquiera después del martirio que pasaron en los últimos instantes de su vida pueden dejar de sufrir las versiones idiotas y revicitimización de parte de las inútiles fiscalías del país.

Por ejemplo, a Luz Raquel, la joven madre cuidadora de un niño con autismo, ya le sacaron la versión de que no fue un vecino animalado que le vale madre la convivencia social y ponía música a todo volumen en la madrugada -alterando al infante- quien causó el ataque. Resulta ser que en videos discutibles la ahora fallecida por quemaduras dizque compró ella misma el alcohol que le arrebató la vida, pues la versión de la Fiscalía es de que se puso en plan de bonzo budista de los sesenta y se prendió fuego ella misma.

Como diría Sor Juana Inés de la Cruz con toda propiedad cuando escuchaba un despropósito: ¡Ay, no mamen!

Peor le va a Debanhi, la joven de 18 años que en Nuevo León se bajó del taxi de plataforma que la llevaba por acoso, y quien días después apareció dentro de una cisterna. Una tercera autopsia estableció que alguien la asfixió hasta la muerte, no de un supuesto golpazo al caer al lugar donde encontraron su cuerpo, agujero al que sólo Santa Apapucia sabe cómo llegó. Algo es seguro: no tropezó y cayó; un hijo de perra la arrojó ahí.

En febrero de 2020, protestas femeninas tomaron las calles de la  Ciudad de México en protesta por el amarillismo de medios que publicaron la foto de Ingrid Escamilla, una mujer que fue muerta y desollada y partida por el animal que se decía su pareja. La foto en cuestión la mostraba en esa última condición. En diario «La Prensa», que desde siempre ha tenido como columna vertebral su contraportada de nota policíaca, optó por estúpida decisión publicarla, y las mujeres les quemaron una camioneta de reparto afuera de sus instalaciones, delante de la cara de imbécil del director del diario, quien siguió en el puesto pese a haber provocado semejante caos y pérdida material.

Esto sólo son algunos casos que recuerdo, porque hay miles. Y aunque en sexenios anteriores también se presentaron, con la impunidad urbi et orbi que otorga a cualquier criminal el inepto mayor, los crímenes se han incrementado en lo que va del sexenio de la pesadilla del bienestar.

La educación acaba con plagas como estas, pero si recordamos que la SEP se ha convertido en casa de repetición de las «lecciones» de historieta que prodiga YSQ (y que sólo apantallaban al chayicaturista Helguera) y que la dirige una transa de tamaño caguama como Delfina Gómez, nos asegura que la bronca continuará de parte del desgobierno que, vuelvo a decirlo, las desprecia y minimiza.

Cuidarlas está en nuestras manos.

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